jueves, julio 12, 2007

Los días que se vuelven grises se han vuelto grises y las noches que se vuelven solitarias se han vuelto solitarias. Quiero decir. La piel que no es tocada se queda intacta y los labios que no se besan permanecen secos. Los ojos que no se miran no se ven y las voces que no son escuchadas vuelven a los oídos sordos. Es decir. La noche que ha anochecido se vuelve noche cerrada.


Y a pesar de todo, y aunque todo pese, la noche no es tan oscura cuando estoy sobre tu pecho.

sábado, mayo 12, 2007

El hombre golpeó la puerta de madera verde pistacho pintada por el mal humor de un profesional de la brocha gorda en su peor día de existencia. Aporreaba el hombre con tanta fuerza como si la mujer hubiera perdido el oído izquierdo de pequeña en una excursión al altavoz de un concierto de los Rolling Stones ideada seguro por una maestra que le tenía manía (este papelito es para que vuestros padres firmen la autorización, ya veréis qué bien lo pasamos). Y como si su oído derecho, apostándose la vida, hubiera ganado aquella batalla con las heridas correspondientes para serle otorgado el galardón del “háblame por este oído”. El hombre seguía golpeando la puerta la cual lucía un generoso lunar blancuzco que, según una vecina pudo constatar, “no se encontraba allí antes del aporreo” mencionado. La mujer, con sus oído en perfectas condiciones según pudo constatar luego un otorrinolaringólogo primo hermano de la vecina, decidió no abrir la puerta ante tanta insistencia, como si cansada del hombre hubiera decidido de una vez por todas que esta vez si dormía en la calle y que todas las veces anteriores que lo había jurado le habían dado la fuerza necesaria para conseguirlo. El hombre optó por el timbre ya que, según pudo constatar más tarde un traumatólogo que pasaba por allí casualmente, se había roto los cuatro nudillos de la mano derecha. Timbraba primero con un movimiento intermitente y, ciego ya de furor como si supiera que dentro la mujer estuviera con el panadero de ojos verdes y sonrisa oblicua que siempre regalaba a ésta un mollete de Antequera a cuento de qué cuando compraba la barra de pan de mediodía, eligió la versión continua del timbrazo sin percatarse que, pasados unos segundos, por más presión que hacía el ring iba perdiendo fuerza hasta quedarse en un sin sonido apretado por un sin nudillo. La mujer, con una mezcla de miedo y chulería, se fue acercando a la puerta para oír la respiración profunda de aquel toro de Mihura como si supiera que el final y el principio de su vida residiera en la puerta verde pistacho por fuera y blanca-amarilla-tabaco por dentro, como si la línea fronteriza de la alegría y la pena fuera una puerta bicolor. El hombre se acordó de su otra mano, un poco olvidada desde que le comunicaron que era diestro, y comenzó a golpear de nuevo aquel ecuador de mundos. La mujer dudó mientras dudaba el hombre también según pudo constatar un psicólogo amigo del traumatólogo que había quedado con éste enfrente de aquel portal. El hombre paró la mano taladradora y la mujer volvió a saborear el oxígeno después de un cuarto de hora. Ahí fue cuando más dudaron –diría Benito, el psicólogo. Y la mujer, como si hubiera perdido fuerza con la ingesta repentina de O2, abrió la puerta sigilosamente. Si los aquí presentes creen en el silencio absoluto les diré que existió en aquel instante, cuando el hombre y la mujer se escrutaron de arriba abajo en cuanto la puerta deshizo el misterio.

- ¿María?

- ¿Pepe?

- Creí que te había pasado algo, estaba asustado.

- Tú si que me has asustado, imbécil, ¿para qué has vuelto?

- Las llaves…

- Tenía el mp3 puesto con los cascos, que pareces tonto, tanto llamar así.

- Anda, dame un beso, que vaya mal cuerpo me has puesto.

- Te voy a tener que colgar las llaves al cuello, que vaya cabeza que tienes, tontito… Y esas manos ensangrentadas… pero a ti se te ha ido la olla, ¿eh?

- Si es que…

- Anda, entra que te cure, huevón.

Y cerró María la puerta no sin antes clavar sus ojos en la mirilla de la vecina que no dejaba pasar la luz por un ojo tapador.
Pepe y María se querían aunque no hicieron el amor hasta pasados catorce días. Pero la versión de la vecina fue otra según pudo constatar un cotilla, tío de Benito, el psicólogo.

- Pues ahora el timbre lo vas a arreglar tú como yo me llamo María… ¡Trae la mano, hombre, que te eche el alcohol!

-Como no me abrías yo qué sé si te ha pasado algo. ¡Ay! Echa Betadine mejor que esto escuece mucho.

- ¡Qué Betadine ni Betadine! ¡Nada, que me va a manchar todo el cuarto de baño de sangre! ¿Quieres traer la mano de una vez?

- Que me duele, Mari… Pues no te pongas los cascos que pasa cualquier cosa y no te enteras. ¡Ay! ¡Ay!

- ¡Que tú te has roto la mano! Que tanto dolor no es de las heridas… ¡Ahora echar la tarde en urgencias!

- Que no es para tanto…

- ¡Con todo lo que yo tengo que hacer, anda tira para afuera, tira, tira!

miércoles, abril 11, 2007

Amor Dazada

Un pañuelo blanco me aprieta la boca. Es metáfora. Un pañuelo blanco me aprieta la boca y... Bueno, no tiene porqué ser blanco. Pero a lo que vamos. La culpa es mía, por este miedo a equivocarme y por esta inseguridad que me acompaña desde que tengo asegurada tu compañía. A todo riesgo. Las palabras siguen su curso normal hasta que van a ser expulsadas. Es entonces cuando empiezan las castañuelas de mis mandíbulas a repicar, el tic del pie en posición on y la linfa a correr a 300 kilómetros hora sin reducir en las curvas. Todo un espectáculo de títeres moviéndome sin control sobre mi cuerpo. Y aunque el temblor no me delate porque el café o el frío son buenas coartadas, tú te quedas sin saber preguntas y yo me quedo sin preguntar respuestas.

En fin, como te he dicho, hoy en soñado que me pretendía el novio de la hija de Bush… Es cierto que se me va la cabeza hasta en sueños, incluso ahora mismo me estoy riendo de la chorrada que he soñado, pero algo tendrá que ver. Aunque tú sabes de qué te hablo cuando apenas te hablo de nada y te digo que tengo frío.

lunes, abril 02, 2007

Sólo me dirijo a ti cuando utilizo la segunda persona del singular pero bueno, por si te quedan dudas voy a sacarte del anonimato, Antonio José Cuesta Castro. A partir de ahora, y que todo el mundo se entere, cada vez que diga tú estaré diciendo este nombre. Todos los tú anteriores también eran este nombre. Y los a ti, de ti, por ti, etc., que por poco se me pasan, también.

Te quiero, cara cartón.

(Esto cada vez más se parece a “El diario de Patricia”. Y por eso te canto esta canción.)

Eres el amor de vidaaauuu
En ti pienso to los díaaaauu, sí.
Tes quiero besá los labiooouu
Y quearme en tus adentrouuuu, sí.
Yo sé que tú me vas a querer aunque se me esté yendo la cabeza y tenga la capacidad creativa donde la gracia las avispas.

jueves, marzo 01, 2007

Y ahora quién me va a comprar un donuts a la una de la madrugada. Con quién juego al trivial. Quién afinará mi guitarra desafinada de fábrica. Con quién comeré sandwiches a las cuatro de la madrugada. A quién le llevo un vaso de leche fría. A quién le doy la espalda en la cama para que me abrace por detrás. En qué pecho duermo yo ahora. Quién me calentará los pies. Qué cuello beso, qué labios. Quién me erizará la piel. Ahora qué hago yo sin ti. Dime.

sábado, febrero 24, 2007

Hoy me he despertado queriendo ser lince ibérico y tender a extinguirme. En fin, todo el mundo quiere ser lince ibérico en algún momento de su vida aunque a todos nos entristezca la desaparición de este salvaje felino. Porque lo atractivo del lince es su continua extinción sin que ésta concluya del todo. Una agonizante muerte convierte en mártir a cualquier ser vivo que presuma de serlo. Y va a ser eso, que me encanta ser una mártir. Porque estar desaparecida del todo no tiene ninguna gracia y vivir continuamente menos.
Lo de pensar en el lince ha sido puro trámite.
Ahora vuelvo a pensar en ti.

lunes, enero 01, 2007

La clandestinidad me agota, gota a gota. Esconderse entre tus neuronas sensitivas ha dejado de ser un juego emocionante por peligroso. Llevar pegada con silicona la máscara que me construiste ha terminado por destruir el eterno carnaval en el que vivo. El plástico es engullido finalmente por la piel y el verdadero rostro me delata. Ha pasado el tiempo. Demasiado. Más tiempo del que debí prestarte nunca. La sonrisa perenne que mantenía en la boca antes de ser tapada la faz ha tornado en gesto agrio tras su descubrimiento. Ahora sólo es carnaval porque podemos comer carne y devorarnos, masticándonos tanto que sea imposible reconocernos. Perdóname, pues, por querer gritar que te quiero así como yo te perdono que no me dejes hacerlo. Basta de capas y minutos robados al tiempo. Fuera las razones, fuera los silencios. Váyanse los llantos que no anuncian nada bueno. A la calle las lamentaciones, a la mierda los secretos.

Voy recorriendo un camino que me aleja.
Y me alegro.

viernes, diciembre 08, 2006

Delante de mí tengo un paisaje humano casi infinito. Los pobladores se extienden a lo largo y ancho de este casi redondo planeta. Algunos de ellos comparten mi misma cultura, los hay más civilizados e incluso más bárbaros si cabe. Los hay negros, amarillos, blancos y hasta rojos, los hay mezclados, rubios, pelirrojos, morenos. Se pueden agrupar por signos de zodíaco, por tendencia política o por sexo, por profesiones, por aficiones o por nacionalidad. Y no deja de sorprenderme. Delante de mí tengo un paisaje humano casi infinito.

Y sólo te veo a ti.

jueves, diciembre 07, 2006

A las once menos veinte de la noche o por ahí un podenco endemoniado con los ojos amago de verdes me entró en el cuerpo por el poro más dilatado que tengo. Subió rumbo hipotálamo y comenzó a ladrar canciones del género chico mientras yo le hacía la segunda voz inconscientemente. He de decir que el perro no ladraba mal y que yo me iba en alguna que otra nota. A eso de las tres y diez, y con las agujas del reloj a punto de darse un beso en el tres, el podenco se pasó radicalmente al hip-hop y, por las volteretas adelante y atrás que yo daba sin apenas darme cuenta, supe que también se había soltado en el baile. Arte no le faltaba al perro y a mí me sobraba sueño. A las cinco de la mañana casi en punto menos dos, cogí unas cuantas bolitas de friskies y me las metí unas por la nariz, otras por los oídos, por ver si el perro comía y callaba un ratillo. Un silencio casi vacío se hizo al instante y yo corrí a echar un chorro de agua por mi ojo izquierdo por si además de hambre también tenía sed. A partir de aquí ya no recuerdo mucho más. Sé que volví a escuchar bajito el tarareo de una canción no sé si de Parrita o de Ana Torroja. Y aun siendo difícil dormirse escuchando a cualquiera de los dos estaba tan cansada que después de aquello sólo sé que he abierto los ojos esta mañana y he pensado en ti.

viernes, octubre 20, 2006

Amenazo con volver